El placer no es un fin, sino un camino. Un camino que recorremos cuando seguimos al cuerpo, guiadas por nuestras sensaciones, emociones y ritmos internos. Sin embargo, en nuestra sociedad, muchas mujeres han aprendido a vivir desconectadas de este mapa sensorial, priorizando el deber sobre el deseo, el hacer sobre el sentir.
Restablecer la conexión entre cuerpo y placer es un acto de amor propio, una revolución íntima que nos hace soberanas de nuestro erotismo. La sexualidad somática nos invita a este reencuentro con nosotras, a través de la presencia, el tacto consciente y la respiración, herramientas que nos ayudan a habitarnos plenamente y a escuchar lo que el cuerpo tiene para decirnos.
Desde pequeñas, hemos aprendido a reprimir, ocultar o minimizar el placer. Nos han dicho cómo debemos actuar, qué partes de nuestro cuerpo podemos mostrar y cuáles debemos ocultar. Como resultado, muchas veces hemos construido una relación con el placer mediada por el miedo, la vergüenza o la desconexión.
Pero el cuerpo es un universo de sensaciones, un espacio vivo que guarda memorias, emociones y deseos. La sexualidad somática nos recuerda que el placer no está reservado solo para ciertos momentos ni depende de otra persona. Es una capacidad innata, un potencial que podemos explorar en nuestra vida cotidiana.
A través del tacto consciente, podemos redescubrir nuestra piel, dejándonos guiar por las sensaciones. El contacto sin un objetivo específico nos permite recuperar la sensibilidad y ampliar nuestra percepción del placer más allá de lo genital. Como explica la Rueda del Consentimiento, hay muchas formas de experimentar el contacto: recibir, dar, tomar y permitir. Explorar cada una de ellas nos abre a nuevas maneras de sentir y disfrutar.
Presencia y deseo: la importancia de estar en el aquí y ahora
Una de las mayores barreras para el placer es la desconexión. ¿Cuántas veces hemos estado en una experiencia íntima mientras nuestra mente estaba en otro lugar? Pensando en el cuerpo que creemos que deberíamos tener, en si nos vemos bien, en lo que la otra persona espera de nosotras. Esta disociación nos aleja del sentir y nos deja atrapadas en la cabeza, como si el placer fuera algo externo en lugar de una vivencia interna.
La práctica de la presencia nos devuelve a nuestro cuerpo. Sentir el roce de la piel, la respiración, los pequeños movimientos de placer que emergen espontáneamente. Regresar a lo que estamos sintiendo, una y otra vez, sin juzgarnos, nos permite profundizar en el deseo y en el gozo.
Respirar es otra puerta al placer. Muchas de nosotras hemos aprendido a contener la respiración durante el placer, como si hacerlo más pequeño fuera la clave para controlarlo. Pero, en realidad, es al revés: cuando permitimos que la respiración fluya, expandimos nuestra capacidad de sentir.
Hacia una sexualidad más plena y libre
El placer es nuestro derecho de nacimiento. A medida que nos damos permiso para sentir, nuestro cuerpo se despierta, se abre y nos guía hacia una sexualidad más auténtica y libre.
No se trata de hacer más, sino de sentir más. No de buscar afuera, sino de habitar adentro. La conexión entre cuerpo y placer no es un lujo, es una necesidad. Una puerta a una vida más vibrante, más presente y más gozosa.
Porque, al final, el placer no es solo una experiencia sexual. Es una manera de estar en el mundo, con los sentidos despiertos y el corazón abierto.

